Torturando a Yago

Si hay un tema central en Otelo, la insigne obra teatral de Shakespeare, es el de los celos, hasta el punto de que el nombre del protagonista ha venido a ser un sinónimo universal de alguien devorado por sospechas enfermizas acerca de la fidelidad de su amada. Últimamente, sin embargo, esta obra me ha planteado un tema enteramente diferente, me fuerza a hacerme preguntas, en efecto y quizás sorprendentemente, acerca de… la tortura. Leyendo cada día cómo en los países más diversos (en Turquía, Egipto, China, Belarús, Siria, México, El Líbano, Sudán, Chechenia, Saudi Arabia, Corea del Norte, Irán y, sí, en los Estados Unidos y en mi propio Chile) se lleva a cabo alguna forma de esta práctica bárbara, pienso una y otra vez en el castigo final de Yago, el villano que traiciona a su amigo y comandante, Otelo, manipulándolo a fin de que termine matando a la dulce e inocente Desdémona.

Pienso en Yago porque Shakespeare no deja lugar a dudas acerca del destino que espera a ese “medio-demonio”: que lo torturen hasta que se muera. Y se ordena que tal procedimiento sea lento: “Si existe alguna crueldad artera / que lo pueda atormentar en demasía y dure largas horas/ que se le aplique.”

Quienes presenciaban esa tragedia de Shakespeare (estrenada en 1604) tenían muy claro en qué consistían aquellos suplicios, habiendo asistido con regularidad a numerosas ejecuciones concebidas con el explícito intento de manifestar la mayor brutalidad posible.

Basta traer a colación uno de tantos casos notorios, uno que estaría grabado en la memoria y los ojos de quienes concurrían al teatro en esa época: el martirio de Robert Southwell, un sacerdote jesuita y poeta excelso cuyos versos (“Mi mente es un imperio infinito”) conocía de sobra Shakespeare. En febrero de 1595, acusado de traición y apostasía, a Southwell lo ahorcaron ante una muchedumbre en Tyburn. Sentenciado a que le arrancaran las tripas antes de que falleciera, su cadáver fue descuartizado y su cabeza exhibida para espanto de todos los presentes. Antes de morir, Southwell dejó escrito lo que había sido su experiencia durante los tres años previos de encarcelamiento y quebranto. Algunos presos, dice, “quedan colgados de sus manos a lo largo de ocho o nueve horas, hasta doce horas, en efecto, hasta que no solo se menoscaba su sanidad mental, sino que también sus sentidos”. Horrores adicionales que describe son la castración genital y el aislamiento sensorial por privación de sueño; el potro donde diferentes partes del cuerpo se oprimen hasta que salta la sangre; y presos tan hambreados en calabozos oscuros que llegan a lamer “la humedad asquerosa de las paredes.”

En lo que Yago difiere de Southwell y de tantísimos rehenes que fallecían apretados por gruesas lápidas o ahogándose con el agua incesante del “submarino” o quemados vivos en autos de fe en Inglaterra y en el resto de Europa (España, los Países Bajos, Francia, Italia, los principados alemanes), era que aquel bellaco que engendró Shakespeare jamás afirmó que era inocente de los crímenes que se le imputaban. Tampoco contó con cómplice alguno, de manera de que no era ineludible sonsacarle con urgencia el nombre de otros que pudieran haber participado en la conspiración.

Entonces, ¿por qué mortificarlo de una manera tan salvaje?

Vale la pena examinar detenidamente las razones por las que alguien como Yago tuvo que sufrir tales aflicciones, ya que permiten a nuestro siglo presumiblemente más civilizado donde la tortura se considera un crimen contra la humanidad, preguntarse, cuatrocientos años más tarde, ¿qué ha cambiado?

Ante todo, el cuerpo de Yago debía ser mutilado atrozmente porque el público de aquella época exigía ese tipo de retribución. Que el traidor padeciera en el potro daba la sensación de que la maldad no triunfaba impunemente en una tragedia cuyo desenlace desolador no brindaría otro consuelo.

Una segunda razón era la necesidad de demostrar con singular ejemplaridad lo que le pasaría a cualquiera que se atreviera a atacar los fundamentos del Estado y el orden jerárquico del universo. De hecho, tales representaciones espectaculares del dolor estaban armadas, según la mismísima Reina Elizabeth I, para que sirvieran como objetos de “terror para los demás.”

La última razón puede ser la que Shakespeare halló más fascinante.

En la novela de Cinthio, la fuente en la que se inspiró el dramaturgo para el argumento, al intrigante maquiavélico lo animan múltiples motivos. Shakespeare se encargó de eliminar de su obra teatral cada uno de esos motivos. El Otelo de Shakespeare no ha humillado a Yago, bajándolo de categoría en el ejército. Y el Yago de Shakespeare no creía que Otelo había seducido a su esposa o ensuciado su reputación.

Shakespeare concibió a Yago como un enigma, un hombre que se niega a explicar los orígenes de su odio, declarando en la última escena que nadie sabrá extraer claridad alguna de su garganta: “No me exijan nada. Lo que saben, saben. / Desde este momento en adelante, no hablaré una palabra más.” Y pese a las amenazas de sus captores (“Los tormentos habrán de abrir esos labios”), nunca escuchamos otra sílaba de ese “villano endemoniado”.

Shakespeare tienta a sus espectadores, en esa época y en la nuestra, quiere que vislumbren la posibilidad de entrar a destajo en el alma de Yago, golpear y triturar y resquebrajarle la fachada de su ser para que cuente los secretos más íntimos. Shakespeare compartía, se me ocurre, esa malsana curiosidad de los humanos cuando enfrentan las fronteras de algo infinitamente perverso. Si pudiéramos desentrañar la mente que planificó tales vilezas, entonces tal vez –es una ilusión y, sin embargo, perseveramos en ese anhelo– podríamos reconocer al próximo avatar de la perfidia, detenerlo antes de que siembre más caos y desgracia.

Por cierto que casi todas las torturas, en el tiempo de Shakespeare como en el nuestro, se realizan por motivos bastante menos metafísicos, principalmente como un modo de obtener información de un reo, forzarlo a que confiese su culpa, delate su organización, revele y prevenga futuros ataques.

A pesar de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada en 1948 (su artículo quinto establece que “Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes”) y a pesar de convenciones y tratados subsiguientes, estas violaciones corporales y psicológicas se excusan y justifican con la idea de que pueden salvar vidas de seres inocentes.

No parece importar que existe evidencia incontrovertible de que la tortura no consigue ese resultado. Donald Trump, durante su campaña, prometió que volvería a alentar el uso del submarino y “cosas infernalmente peores”, una posición que después expresó que podría reconsiderar cuando James Mattis, su Secretario de Defensa, explicó que semejantes métodos son inútiles y contra-producentes. Es manifiesto que bastaría una enorme embestida terrorista para revivir la rutina de tales maltratos. Una reciente encuesta indicaba que casi la mitad de los estadounidenses aprobaba el uso de la tortura si permitía sacar información de los acusados.

No quiero ser condescendiente con aquellas multitudes de ciudadanos aprehensivos y confusos. Entiendo el pánico colectivo desde donde nace esa ceguera hacia el dolor del enemigo, me identifico con su afán de sentirse absoluta y totalmente protegidos, una seguridad total que es, para nuestro perpetuo infortunio, inalcanzable.

Antes de que juzguemos a esos millones de hombres y mujeres que aceptan la urgencia de la tortura, vale la pena meditar sobre nuestras propias reacciones, nuestra imperfecta humanidad. Cuando estoy enmarañado en las emociones de Otelo, y presencio cómo Desdémona es ultimada y su marido se suicida, lo que ansío es ver a Yago pagar con agonía sus pecados. Conjeturo que todos los miembros contemporáneos del público sienten, como lo siento yo y quienes asistían al teatro en el período de Shakespeare, una cierta indecente satisfacción al evocar a un ser tan maliciosamente depravado sobrellevando agobios incesantes. De todos los personajes de nuestro vasto universo literario, Yago puede bien ser el villano que más merece los fuegos líquidos de una pena interminable.

Es en momentos como estos, cuando estamos atrapados por la sed de venganza, que tenemos que recordar la verdad aterradora que encarna ese ser ruin: él es humano, demasiado humano, y goza, por la mera circunstancia de haber nacido, de derechos que nadie le puede quitar. El monstruo que plasmó la ruina de Otelo y de la sublime Desdémona con la fría y deliberada pasión de un terrorista suicida, con la misma racionalidad e indiferencia con que un general bombardea a mujeres y niños remotos, ese monstruo es, desdichadamente, un miembro de nuestra especie, una prueba de fuego para esa especie.

Solo cuando tengamos el coraje moral para declarar que alguien como Yago, especialmente alguien infame e indigno como Yago, no debe ser cubierto de laceraciones ni sus genitales despedazados ni compelido a abrir los labios para que grite y grite y vuelva a gritar, solo entonces, solo cuando hayamos comprendido que violentarlo de esta manera nos degrada a todos, seremos de veras capaces de avanzar hacia la abolición definitiva de esta plaga de inquisiciones y tormentos.

Me temo que ese día va a tardar mucho en llegar, miro el mundo en que vivimos y temo que el día en que desaparezcan para siempre las crueldades arteras de nuestra tierra se va alejando cada vez más.

* Autor de La muerte y la doncella y la novela Allegro. Vive con su mujer, Angélica, en Estados Unidos y Chile.

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