Macri. El inicio*

Macri no llega de un día para otro. No salta de la gerencia de un grupo empresario a presidir el club. Boca es el resultado de un largo y metódico proceso que comienza a principios de los años ochenta, y toma forma poco después de la asunción de la dupla Alegre-Heller en 1985.
Macri no se parece en el plano empresario a Armando o Alegre, self-made men a la criolla. Es su opuesto. Pertenece a Los que mandan, por usar palabras de José Luis de Imaz. Su vida no transcurre en un hogar de clase media –el de Armando enseguida empobrecido-. Su padre es Franco Macri, cercano a los negocios del poder, italiano, hijo de Giorgio Macri, un político menor salido de una familia de la Calabria dueña de empresas constructoras dedicadas a la obra pública – la obra pública da sensación de cercanía a la mafia local- con contratos que van de Italia a África. Su abuela es de una familia de la Provincia de Roma, dedicada también a los negocios públicos, el transporte.
La madre de Mauricio Macri, en cambio, exhibe el linaje de los Blanco Villegas. Macri estudia en el Cardenal Newman. Allí juega pateando chapitas de gaseosas, mostrando desde chico su amor por el fútbol en un colegio próximo a otros deportes. Completa estudios universitarios. Obtiene el título de ingeniero en la Universidad Católica Argentina. A los 19 años se integra a los negocios familiares. Tiene una formación diferente a la educación primaria que como único antecedente–se recuerda en el primer caso ni siquiera completada- exhiben Armando y Alegre. Es un upper class, término afín a la cultura norteamericana, de la que trasladará al fútbol el concepto de búsqueda de la felicidad de la Declaración de Independencia.
No es huérfano como Armando, ni tiene un padre tendero provinciano que vigile sus correrías de picaflor y atorrante de pueblo, como el de Alegre. Franco es una figura dominante, cabeza de la familia Macri, propietaria del Grupo. Un padre patrón, que será su sombra, su contradictor, su antagonista, hasta que asuma la presidencia de la Nación. Macri lo admitirá con inusual sinceridad después de las elecciones nacionales de medio término del año 2017.
La presidencia de Boca no aparece en su vida como un hecho fortuito, imprevisto, como sí sucediera – se vio antes- con Armando en 1953 y con Alegre en 1985. Él es quien se acerca a la política institucional de Boca durante los años ochenta, inaugurando un proceso continuado que terminará depositándolo en la sala de mando.
Su primera aparición es como sponsor. Así lo recuerda Carlos Heller. La empresa Fate auspicia hasta 1989 tanto las camisetas de River como la de Boca, pero por gestión de Macri, Sevel la reemplaza desde el 6 de septiembre de ese año cuando se juega el superclásico en la Bombonera. En ese partido ambos equipos estrenan la camiseta de su nuevo auspiciante, la empresa automotriz Sevel de la familia Macri. La palabra Fíat figura en el pecho de la casaca boquense, mientras que River luce la de Peugeot. Por entonces Sevel comercializa ambas marcas. Sevel será el cigüeñal de una mega investigación judicial de contrabando que devendrá en causal de destitución de varios jueces de la Corte Suprema de Justicia en 2003.
Esa circunstancia –el auspicio de la camiseta- abre el camino para una relación próxima a las autoridades de Boca, aunque no todavía al mundo político del club. En 1989 afronta el último pago de la cuota concordataria de la convocatoria de acreedores, haciéndose cargo sea de su importe completo, sea de gran parte del mismo, según las distintas fuentes. Es uno de los servicios de características similares que proporciona sin ser dirigente. Ya el año anterior –en tanto negocia el auspicio de la camiseta- adquiere con su dinero a un jugador prestigioso, impulsado por su deseo de ganar un campeonato. Boca no es campeón desde 1981, un período prolongado que amenaza igualar –la superará, de hecho- aquella mala racha de 1944/1954, quebrada por Armando durante su primera presidencia. Es un delantero de área, Walter Perazzo, colombiano nacionalizado argentino, que no deja un buen recuerdo en la hinchada, salvo por haberle hecho un gol a River en el Monumental, lo que disimula la opacidad de sus dos temporadas en Boca (1988/89 y 1989/90), en las que juega 50 partidos, pero marca apenas 12 goles. Antes, en 1986, se hace cargo de los sueldos y primas del director técnico Cesar Luis Menotti. Además gestiona préstamos, entre otros socorros.
Entabla en paralelo durante esos años una relación personal con Antonio Alegre.
Incluyendo a Macri, todos los bienhechores que hicieron aportes a Boca –como se vio en capítulos anteriores, Armando, Martínez Sosa, Alegre- luego fueron reembolsados, en algunos casos con creces. Por pagos directos o compensaciones, o con el armado de negocios derivados. Es lo que sucede en el fútbol y en tantas otras actividades. No existen los mecenas, donantes o filántropos. Son prestamistas de último recurso, muy bienvenidos cuando al club lo aqueja la iliquidez. En el episodio del pase de Perazzo, Macri, según cuenta el tesorero Osvaldo Spataro, intimó el pago del precio por carta documento. Su sucesor en el cargo, Orlando Salvestrini, tiene otro recuerdo. Cree que fue un obsequio de Macri a Boca. A Alegre le reembolsaron los aportes de los años ochenta sin quita. Armando siempre obtuvo, por una u otra vía (en especial vendiendo autos), lo que aportara a través de décadas. Incluso hoy el club se sigue ocupando de la viuda de Alegre y de la hija de Armando con mensualidades puntuales, vía la Mutual de ex Jugadores.
En cierto momento nace en Macri como un objetivo personal suceder a Alegre en la presidencia. Lo conversa con él. En realidad la idea, o su elaboración, es concebida mucho antes, en 1983, en Nueva York. Todavía es Noel el presidente, no ha llegado Corigliano para empujar a Boca al precipicio, ni menos aún el interventor. Tampoco, claro, el dúo Alegre-Heller.
En esa época el grupo está en tratativas para el diseño de un enorme proyecto inmobiliario a desarrollar en La Gran Manzana con Donald Trump. Franco Macri encara las negociaciones con quien será después presidente de EEUU, y su hijo Mauricio lo acompaña. Se instalan en la ciudad con un conjunto de colaboradores.
Macri es por entonces un chico de 24 años que no se parece en nada a aquel explosivo chico vendaval que fuera Armando en su tránsito de Estación Elisa a Humberto Primo, cuya historia es seductora como pocas. Macri es un chico que se divierte, de dicción escasa cuando habla en castellano, y pronunciado acento cuando lo hace en inglés. Un chico como otros, algo frívolo –está en la edad de la frivolidad- cuyo papel principal es acompañar a su contraparte socialmente (jugar al golf, salir de copas). Es un chico que trabaja para su papá, un papá duro y complicado. Pero a la vez es un chico calculador y estructurado, un chico ingeniero.
Al desembarco se integra Salvestrini – hombre del grupo que exhibe inteligencia y agudeza superiores a la media- quien se entera que el famoso Cosmos de Nueva York –múltiple campeón americano, el Cosmos de Pelé, Franz Beckenbauer, Carlos Alberto Roberto Cabañas, Giorgio Chinaglia entre tantos otros jugadores estrella- está en venta. La Warner Communications (hoy Time Warner) presidida por Steve Ross decide desprenderse del club aplicando una política corporativa de deshacerse de negocios poco rentables no relacionados con su principal actividad, los medios de comunicación. Como el Cosmos tiene además un problema impositivo, Salvestrini ve como una buena opción adquirirlo por el importe de la deuda. Le plantea el tema a Franco Macri, quien no le presta atención (me sacó rajando, cuenta). Habla con Mauricio Macri, quien se entusiasma. Preparan un plan de negocios. La adquisición no se concreta porque el problema impositivo se soluciona (el club de todas formas desaparece, no se trata de Boca que no puede desaparecer, no pertenece a la cultura popular, es apenas una franquicia comercial transformada hoy en el New York Cosmos). Mauricio Macri y Orlando Salvestrini se prometen mutuamente que en algún momento de sus vidas manejarán a Boca aplicando el plan de negocios que diseñaran para el Cosmos. Lo harán mucho después con indudable y polémico suceso.
En los noventa, ya con una fluida relación con Alegre, en una charla informal desliza el deseo de sucederlo como presidente. Mantienen posteriormente conversaciones institucionales, y acuerdan que sea él, Macri, quien encabece una lista consensuada en las elecciones a celebrarse en diciembre de 1992.
A pesar del pago de la cuota concordataria, la incorporación de Perazzo, la cobertura de los sueldos de Menotti, el auspicio a la camiseta de Boca, existe la creencia que Macri repentinamente, de la nada, en 1995, aburrido por su actividad empresarial (o hastiado del trato autoritario y despectivo de su padre, de quien siempre será segundo), deja el Grupo y se va a Boca como presidente, imponiendo ese deseo a la dirigencia tradicional, apenas meses antes de la elección del 6 de diciembre de 1995.
Según esta especulación, Boca es para él la salida de una situación empresaria sin futuro; y el comienzo tardío de una carrera política. Nada es tan simple. El ingreso a la política pocas veces es una decisión exclusivamente individual. No se toma de la noche a la mañana, aunque se trate –como en este caso- apenas de un salto desde un ámbito público como el de Boca a la carrera electoral por cargos políticos, no al ejercicio real de la política a partir del estudio de los problemas del país, y de la militancia partidaria, diaria, continua. No se le ocurre ser presidente de Boca como un antojo de niño rico, o ejecutando un plan diseñado exclusivamente para convertirse en el futuro en Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Los destinos personales no se trazan con semejante exactitud y precisión.
En los años noventa el mundo de la política observa a Macri (ya presidente de Boca), viajando por el país, visitando peñas boquenses, como una figura atractiva, un cuadro novedoso. Es muy conocido –en especial después de su célebre secuestro extorsivo que tuvo cobertura mediática permanente, destacada y continuada – más ahora que está en Boca, tiene recursos económicos ilimitados, una cara joven, distinta, quizás atrayente para el electorado. De ello toma nota Ramón Puerta –gobernador de Misiones, también empresario e ingeniero como Macri, su amigo personal-. Se da cuenta que a donde van juntos recorriendo su provincia es a Macri a quien le piden autógrafos, no a él, o al menos más que a él. Así que trata de seducirlo, sumarlo al peronismo tradicional, comúnmente conocido como peronismo de derecha. Macri lo piensa, quizás duda, pero no acepta. Es un hombre de derecha sí, pero no peronista. Por ahora es el presidente de Boca, después verá. Su carrera política exhibirá un sorprendente desenfado más adelante. Hará alianzas precarias con peronistas, radicales, partidos provinciales y uniones vecinales, pero no se unirá a ellos bajo ninguna circunstancia. Por el contrario, terminará fagocitándoselos, como antes lo habrá hecho en Boca con quienes dentro de la política del club acompañaran desde el principio su candidatura y le permitieran ganar las primeras elecciones.
Sin embargo, Ignacio Damiani y Julián Maradeo escriben:
La decisión estaba tomada y ya se la había comunicado a su padre. Las distintas empresas del grupo Macri aburrían a Mauricio. Aunque muchos no confiaran en sus aptitudes y lo tomaran como un nene caprichoso, Macri estaba seguro. Corría junio de 1995 y las elecciones de Boca era en octubre. Había que actuar rápido. A Mauricio Macri se le ocurrió una idea: ir por el camino más corto y cerrar con el presidente Antonio Alegre, que buscaba su tercer período al frente de la entidad. Lo citó en un conocido bar porteño de la Avenida Figueroa Alcorta de lo que en ese momento era el canal ATC. Alegre, respetuoso, lo recibió. “Antonio, tengo una propuesta para hacerle”, se apuró Macri, que apenas superaba los 30 años. Alegre lo escuchaba pacientemente. Quería conocer el ofrecimiento de Macri porque imaginaba que Macri tenía intenciones de jugar en las elecciones de Boca, y al ser novato en el tema, especuló con que quizás negociaría lugares en caso de ser derrotado, lo que en aquel momento parecía un hecho.
– Le ofrezco ir en una lista única y que usted me acompañe como vicepresidente
Alegre sonrió. Pensó que se trataba de una ocurrencia para romper el hielo.
– No se ría, don Antonio. Usted tiene que correr a Heller, quedarse en ese lugar y me acompaña en la presidencia de Boca.
Alegre cambió la sonrisa por un gesto adusto. Esperó unos segundos para saber si efectivamente se trataba de un chiste. Al ver la tenacidad de la propuesta, le respondió: ¿“Qué te pasa, pibe, estás en pedo? Macri se endureció. “Antonio, no se equivoque. A mí Boca no me interesa. Para mí Boca es un trampolín. Yo voy a ser presidente de la República. Simplemente le estoy ofreciendo que me acompañe

La fuente del improbable diálogo es Claudio Giardino, férreo opositor a Macri, que afirma se lo contara Alegre. Giardino es por eso un testigo de oídas. Oídas incomprobables por tratarse del relato de un difunto. Para aumentar la pifia, dos apuntes: las elecciones en Boca se celebran tradicionalmente en diciembre, no en octubre. Las de 1995 no fueron la excepción. Y Alegre no iba por su tercer período, sino por el cuarto, si se cuenta el que ejerciera para completar el que dejara trunco Corigliano.
Tomando la versión como una hipótesis posible, retrataría de todas formas una situación inverosímil. Como se vio, en la historia de Boca los dirigentes van ocupando diversas posiciones según el contexto de la época. En el caso puntual del largo reinado de Armando, hasta su clásico rival, Rodolfo Gil, quien le ganara a la lista de Antonio Llach donde va El Puma como tesorero aquellas elecciones de 1949, y a quien Armando echa como socio después de la elección de 1953, vuelve, es su vicepresidente en 1963, y el que queda afuera es Llach. Nadie le dice simplemente al otro correte que ahora vengo yo.
Macri, al tiempo de dejar Boca, cuenta los comienzos de su relación con el club. Su versión es ambigua, cortés primero con Alegre y Heller, crítica después con su gestión, en especial con la de Heller. Es la visión de quien ya no es presidente de Boca (función que ha compartido un tiempo con el ejercicio de una diputación nacional), sino Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Su objetivo –en el que no cree se haga realidad, pero que terminará alcanzando imprevistamente- es ser Presidente de la Nación. Un vencedor generoso, ecuménico, que acomoda los hechos para que la historia caiga bien. Lo que cuenta es un espejo de aguas con las palabras que elige Armando para referirse a Antonio Llach en 1988, ocultando las deslealtades que empujan a toda una familia a abandonar a Boca y hacerse hinchas de Rosario Central.
“La memoria me lleva a los años 1986 y 1987. Hubo que conseguir préstamos para pagar algunas cuotas de la convocatoria, auspiciar la camiseta con FIAT y también para comprar un jugador, Walter Perazzo, porque si además de las deudas nos exponíamos a otra pobre campaña futbolística, los nubarrones se volverían un huracán. Estas circunstancias instalaron mi nombre entre los futuros candidatos con un proyecto concreto: suceder a Antonio Alegre cuando terminara su mandato. Y hacia 1992 un grupo de socios me propuso para que me presentara a las elecciones. Nobleza obliga, hablé con Alegre y Heller sobre esa posibilidad. La respuesta fue clara y lógica: “Sos joven y por lo tanto podés esperar ¿Por qué no te presentás en 1995?” Es curioso, a pesar de mi ansiedad sobre la mayoría de las cosas de la vida (tímido y ansioso, ¡vaya cóctel!), acepté. ¿Por qué? Entre otras cosas, porque la Argentina recién arrancaba su proceso de convertibilidad, y yo tenía mucho trabajo en la empresa que dirigía, Sideco Americana, y porque muchos años trabajando con mi padre me habían enseñado a ser paciente y a diseñar estrategias de largo plazo”.
“Llegó 1994, e intenté retomar el diálogo con Alegre y con Heller, pero para mi sorpresa, a pesar de su promesa de retirarse y dejarme el camino abierto, me dijeron que querían seguir al frente del club tres años más. Los hechos parecían derrotarme. Entonces, me apoyaron con toda sus fuerzas varios dirigentes, a quienes entre otros, les estaré eternamente agradecido: Pedro Pompillo, Luis Conde, José Cirilo y Jorge Bitar, quienes en esa época estaban distanciados del binomio presidencial. No nos planteamos como enemigos de la conducción sino como una firme alternativa para suceder a un dúo que había tomado un club en ruinas y lo había puesto de pie. Por supuesto que, para darle ese respiro al club, contaron con datos externos inmejorables: la relación entre el peso y el dólar, que se mantuvo en uno debido a la convertibilidad, y la avalancha de dinero que generó la televisión. Sin embargo, a pesar del corazón que ponía Antonio Alegre, no supieron capitalizar ese golpe de la fortuna para trazar una estrategia de largo plazo (algo fundamental para la supervivencia de cualquier empresa, y sobre todo en los deficitarios clubes de fútbol), ordenar internamente la institución y presentar un plantel altamente competitivo. En realidad, hicieron lo contrario. Más que una sospecha, tuve la certeza de que había llegado mi oportunidad” (Macri Mauricio, Ballvé Alberto, Ibarra Andrés Pasión y Gestión. Claves del ciclo Macri en Boca. Buenos Aires. Aguilar. 2009)

En el relato confunde años y omite antecedentes. No menciona siquiera aquel recuerdo juvenil del Cosmos en el 83. La reunión que ubica en 1994, sucede en realidad en 1992. Luis Conde, un dirigente tradicional, cubano de nacimiento, varias veces competidor en las elecciones en Boca, perdedor habitual (incluso pierde cuando hace las paces con Armando quien antes lo echara de la vicepresidencia, se junta con él para enfrentar a Alegre en 1987), malhumorado y gritón, titular de la única agrupación que no apoyara la solución Alegre-Martínez Sosa en 1985, a quienes vaticinara públicamente un estrepitoso fracaso, le propone que se presente como candidato encabezando una lista opositora al oficialismo. Macri le dice que no será necesario porque tiene un acuerdo con Alegre para sucederlo, le recuerda que puso dinero para pagar el contrato de Menotti como director técnico, que regaló a Perazzo, que pagó una cuota de la convocatoria, que auspició la camiseta con Fiat, y que por lo tanto ese año de 1992 será presidente encabezando una lista de unidad.
No te van a cumplir la promesa, Mauricio, le dice Conde. Macri contesta: Es gente honesta, de palabra. Hagamos una reunión y vas a ver.
La reunión se celebra uno o dos días más tarde en las oficinas de Carlos Heller en el Banco Credicoop. Concurren Macri, Conde y Salvestrini a juntarse con Heller y Alegre. Hablan de generalidades, de técnicos, de fútbol, de Boca, hasta que Macri suelta acá venimos con Orlando (por Salvestrini) para cerrar aquello. Salvestrini conoce a Alegre y Heller desde que estuviera a cargo de la sucursal Nueva York del Banco de la Provincia de Buenos Aires. En 1991 el gobernador Antonio Cafiero –como se vio fanático boquense- lo llama pidiéndole ayuda técnica para concretar la venta de los jugadores Diego Latorre y Gabriel Batistuta al Fiorentina de Italia, con la idea de diseñar una estrategia financiera que disminuya la carga de impuestos y gastos. Así los conoce.
¿Cómo hacemos?, pregunta Macri. Para su sorpresa, Heller dice no, olvidate, la verdad es que nos está yendo bien después de tantas frustraciones, por eso nos presentamos de nuevo, pero si querés vení con nosotros como integrante de la Comisión directiva, podés manejar el fútbol si te parece, y Orlando, con Osvaldo Spataro, la tesorería, así van viendo cómo es para el futuro. Macri contesta que esa propuesta hubiese correspondido saliese de él, no de ellos. No corresponde esto, habíamos acordado, musita. Se turba, se ruboriza, queda abochornado. Pierde un poco la compostura, es joven –aunque ya no es el chico de Nueva York- queda expuesto, desnudo, ante Luis Conde. Tiene que admitir que lo que decía era verdad.
Acalorado, musita no quiero integrar la Comisión Directiva, no tengo tiempo de presentarme en el 92, faltan solo 8 meses, en el 95 me presento, sépanlo. Es un joven treintañero, sus interlocutores lo doblan en edad y en experiencia. Lo destratan.
Terminada la reunión Macri, Conde y Salvestrini van a tomar un café. Planifiquemos este año, arriesga Conde, que ofrece su renuncia a la presidencia de Dale Boca para que la encabece Macri y enfrente a Alegre. Macri ve que no le alcanza el tiempo –no puede trabajar para la candidatura a por completo, es gerente general de SOCMA- para dar un combate electoral en apenas unos meses. Si lo hace, perderá. Será dentro de tres años, confirma.
Más tarde, en junio, formalizan en un acto celebrado en la Recoleta la entrega de la agrupación de Conde a Macri. Es un acto que tiene repercusión en la prensa, plantan la semilla para la elección que viene, no para esta, que gana fácilmente el dúo oficialista.
En marzo del 93 comienza el armado del frente para 1995. Es un frente heterodoxo, variopinto, de intereses mezclados, como todos los frentes o alianzas electorales. Sus componentes provienen de diversos lugares: de las agrupaciones políticas de Boca (p.ej. Bitar, Pompilio, algunos de los cuales han integrado y acompañado la conducción de Alegre-Heller), Es una especie de frente amplio contra Alegre-Heller. Más contra Heller que contra Alegre. Se suma Enrique Nosiglia proveniente de la política nacional, experimentado ganador de internas –la elección de Boca es exactamente eso, una interna- quien no tiene una agrupación pero sí un grupo que aspira a su reconocimiento como tal –lo que finalmente obtendrá con la presidencia de Macri-, se incrementa el padrón, es una larga campaña electoral que da comienzo con ese mítico acto en la Recoleta, en la cual la notoria incapacidad de Macri para darse a entender convierte a Goyo Zidar, de Laboratorios Beta, en el presentador oficial de todos los actos, una suerte de orador del movimiento opositor, el Juan José Castelli de la revolución boquense.
La larga campaña por la presidencia es descripta por el candidato como una prueba de amor. En primer lugar amo a Boca, y en segundo lugar (casi empatando con el primero) amo al fútbol. Creo que no hay un juego más lindo en todo el planeta, y que un grupo de chicos o de hombres jugándolo al solo, ante un puñado de gente o ante una multitud, es una de las fórmulas de la felicidad.
Llama a 15 de los más famosos ex jugadores del club y les pregunta qué creen ha fallado en los últimos 15 años. Por alguna razón aparece constantemente el número 5. Hemos perdido la identidad, contestan. Les cuenta su objetivo. Boca no figura siquiera entre los 100 mejores clubes del mundo, lo quiere entre los 5. Para ello necesita ordenar la institución, porque sin orden nada puede funcionar: ni un club, ni una empresa, ni una ciudad, ni un país. Quiere un club que supere a la dirigencia, que esté por encima de los hombres, y para el juego un equipo apoyado en sus divisiones inferiores. Sí, estamos totalmente de acuerdo. Para Macri en ese momento nace el nuevo Boca, apoyado en íconos como Antonio Ubaldo Rattin, Antonio Roma, El tanque Alfredo Rojas, quienes, según él dicen: “Nos duele mucho ver así a nuestro club”
En esa reunión surge la idea de hacer 50 actos (otra vez el número 5) en otros tantos barrios de la Capital y ciudades del Gran Buenos Aires. Una campaña política tradicional, pero de color azul y oro. Una campaña agotadora, enfrentada, según Macri, a los medios de comunicación y al oficialismo, que la catalogan de inexperta, digna de un principito, propia de un niño bien o de un hijo de papá
Solo Gerardo Sofovich lo ayuda con su programa Tribuna Caliente. Gregorio Zidar crea el eslogan de campaña Para recuperar la gloria perdida. Así, como se vio, Armando tuvo su tango de campaña, Macri tiene un eslogan. Convoca a 100 gladiadores que a su vez deben sumar otros 100 cada uno, para ganar. Julio Ramos, el dueño de Ámbito Financiero, imprime una revista en su apoyo que distribuye entre los socios y espectadores partido tras partido.
Macri es una rara avis en el mundo Boca. No recuerda siquiera cómo se hace hincha, y porqué. No lo es por su familia. Su padre no sabe de fútbol, ni su madre. Pero él es hincha de Boca, cuya imagen –así dice- lo fue atrayendo como un poderoso imán, como una fuerza insoslayable, una pasión que lo atrapa por completo como si hubiera elegido, todavía sin saberlo, un gran destino
Cree que su misión es hacer felices a los hinchas de Boca, misión que también le cabe a muchas empresas y que Walt Disney hizo suya. Son sus palabras. Implícitamente cree ser Walt Disney, como Armando fuera Julio Verne. La búsqueda de la felicidad de la Declaración de Independencia estadounidense, mezclada con la admonición de Steve Jobs (debes encontrar el trabajo que amas si quieres tener éxito). Una ideología simple. No abandonará el concepto nunca. Lo seguirá utilizando cuando haya dejado Boca. Es ahora o nunca. Yo quiero ayudar a que la gente sea feliz, le dirá a Pablo Sirvén el 1º de noviembre de 2017, afianzado como Presidente de la Nación.
Cuando asume busca poner orden y respeto. También bajar el déficit. Aumenta la cuota social, reduce los sueldos de los empleados, baja los premios de los jugadores, a quienes les dice que el porcentaje que Heller prometiera en realidad no lo cumplía, les daba la mitad. Tendrá inalterablemente con ellos una relación de jefe a empleados, no dejará espacio a la proximidad.
Así como a Armando casi todos los jugadores lo veneran, aman, se consideran suyos, les paga bien, salta a la cancha a dar la vuelta olímpica, comparte almuerzos, los lleva al Veracruz, no habrá cariño –muchas veces ni siquiera respeto- de los jugadores hacia Macri.
Llegan con él a Boca empresarios notables (por dar un ejemplo Julio Pérez de Editorial Planeta); y durante el macrismo – al contrario de lo sucedido con Armando, habrá macrismo-, Oscar Vicente ex CEO de Pérez Companc. Pero ninguno de ellos trabajará a tiempo completo. Serán solo tres full time –Salvestrini, Zidar, Pompilio- quienes con su gestión se harán cargo de dar vuelta la historia del club.
Da comienzo el diseño del plan de negocios que Macri entiende apropiado para Boca. Porque eso es lo que hace Macri, negocios. Es un hombre de negocios, no un simple empresario. Necesita que el equipo de Boca se dedique a jugar al fútbol y gane campeonatos. Lo demás serán negocios que favorezcan a Boca, a él y a sus amigos. No le parece mal. Es lo que él hace. Negocios. Boca será una empresa en desarrollo, con un marketing manejado por una sociedad creada al efecto; y un fondo de inversión cerrado para comercializar jugadores, con el que ganarán dinero los inversionistas y Boca por partes iguales. Se estudiarán ambas estrategias –y sus resultados- en los capítulos siguientes.
Habrá también habrá negocios para otros amigos convertidos en representantes de jugadores. Boca será su gran éxito personal. No dejará de blandirlo en cada oportunidad que se presente durante el transcurso de su vida pública. Cuando se vaya, dejará un club múltiple campeón, saneado en sus cuentas, pero esencialmente un club cerrado –prohíbe el ingreso de nuevos socios en 2005- sin un espacio para el desenvolvimiento de la comunidad boquense. No será aquel Boca soñado por Armando con la Ciudad Deportiva. Tampoco tendrá una Comisión Directiva baleada por los barras. Por el contrario, se incrementará la injerencia de los barras en el manejo de diversos aspectos no institucionales, barras a quienes no combatirá siquiera cuando se le presente la oportunidad dorada al ser elegido Presidente de la Nación. En ese cargo, omitirá diseñar una política pública que imponga todo el poder del Estado para terminar con los violentos y sus negocios entreverados con la política. Porque los dirigentes de fútbol en soledad carecen del poder para dar ese combate. Quien los enfrenta termina invariablemente derrotado. Sólo el Estado puede terminar con ellos imponiendo el peso de la ley y el orden, cortando los negocios, las vinculaciones con la política, los delitos continuos, todo de raíz, sin descanso. La barra brava representa lo peor del fútbol. El primer gobierno que abandone su protección y utilización terminará en algún momento con ella.
Macri deberá afrontar fuertes críticas a su política de marketing, a la creación del fondo común de inversión, al manejo de las cuentas sociales, La Asamblea de Representantes las rechazará expresamente en la primera oportunidad que deba votarlas, lo que implica estatutariamente el paso previo a la destitución. Saldrá indemne –se verá cómo- cuando la titubeante faz deportiva del comienzo de paso a un cambio de timón que lleve a Boca a ostentar el equipo más ganador de la historia moderna del fútbol argentino.
Recibe un club con sus cuentas ajustadas, sin que le sobre nada, pero en una situación diferente a la del desastre de los tiempos del interventor sucedido por el dúo Alegre-Heller en 1985. Es así porque esta gestión –la de Alegre-Heller- obtiene en propiedad las tierras de la Ciudad Deportiva, las vende a un grupo desarrollador, y la última de las cuotas (U$D 6.000.000) del precio ingresa en junio de 1996, ya con Macri como presidente.
A la recuperación económica de Alegre-Heller se le opone su infortunio deportivo, que el dúo procura resolver con contrataciones de jugadores del más alto nivel mundial (Claudio Paul Caniggia y Diego Armando Maradona, entre otros) para ganar campeonatos, que no ganan, aunque sus contratos de sueldos millonarios permanecen, heredados por Macri, a quien también le preocupa, claro, ganar campeonatos. Asume en un contexto parecido al de Armando, cuya primera prioridad es el título de 1954, una necesidad vital que satisfizo. Macri cuenta con algo más de aire por el torneo corto obtenido en 1992, pero igualmente precisa de resultados rápidamente.
Todos –Armando, Noel, Alegre- además de presidentes, son hinchas apasionados. Un Boca perdedor les es inconcebible, tan inconcebible como a cualquier hincha de Boca. Noel –como se vio- sacrifica el club para contar en el plantel al primer Maradona y obtener el título de 1981. Alegre-Heller tiran la casa por la ventana –el precio de la Ciudad Deportiva- para hacerse del segundo Maradona, pero no consiguen el título.
Macri se anticipa. Como candidato está convencido de que ganará las elecciones de diciembre de 1995. En junio de ese año contrata a Jorge Griffa para observar a las divisiones inferiores; y a Carlos Bilardo para que estudie el desempeño del primer equipo y se haga cargo del mismo cuando él sea presidente.
Griffa llega rápidamente a una conclusión: Boca carece de divisiones inferiores. Apenas hay chicos proyecto de 10 u 11 años. Aconseja: compren lo que no tienen. Compren lo mejor que hay. De los que están en Boca, los de 18 o 19 años ya están perdidos, y de 15 no hay.
Macri accede. Ya presidente, compra lo mejor que hay. Prácticamente compra Parque, una célebre fábrica de formar estrellas, al contratar a Ramón Maddoni, llamado el cazatalentos, apodo que recibirá en el Mundial 2006 por la presencia en él de Juan Pablo Sorín, Fabricio Coloccini, Esteban Cambiasso, Carlos Tévez, Juan Román Riquelme y Diego Placente. Con Macri, el club de Villa del Parque comienza una nueva etapa ligado a Boca, rompiendo una relación mantenida con Argentinos Juniors durante 18 años. Argentinos Juniors queda desgarrado, Parque poco menos que desaparecido (hoy está resurgiendo). Boca se hace –literalmente fagocita- de la mejor escuela de fútbol juvenil argentino.
La primera de Boca tiene un plantel aparentemente muy importante que pierde el Campeonato Apertura del segundo semestre de 1995 de manera inesperada, el mismo día en que Macri gana las elecciones. Los comienzos deportivos de Macri no varían de lo que fuera el ciclo Alegre-Heller: tendrá viento favorable para sus criticados proyectos de reformas y negocios, pero le irá mal en el juego.
Aunque el plantel luzca equiparable al de los grandes equipos europeos (lo integran entre otros Carlos Javier Mac Allister, Néstor Fabbri, Carlos Fernando Navarro Montoya, Darío Daniel Scotto, Fernando André Gamboa, Alberto Mársico, además de Maradona y Caniggia), y los futuros directivos estén esperanzados, Bilardo cree lo contrario. Aconseja deshacerse de casi todos los jugadores y empezar de cero. Para él, la mayoría, incluidos Navarro Montoya, Mac Allister, Sergio Daniel Manteca Martinez, El Beto Alberto Mársico son de ciclo cumplido. Bilardo es un técnico trabajador y meticuloso. Sabe ver el fútbol con criterio cuasi científico. Diez años atrás ha ganado la Copa del Mundo y obtenido después un subcampeonato. Su conclusión, después de estudiar al plantel, sorprende a la nueva Comisión Directiva: Echen a todos, no sirve ninguno. Junten plata de junio a enero porque cuando asuman habrá que comprar muchos jugadores, solo el 30% podrá andar bien. Ninguno de estos jugadores irá al Real Madrid, o al Milan. No sirven. Tal vez a algún club de acá, pero de ahí no pasan. Están ganando fortunas con el uno a uno, pero no sirven. El tiempo la dará la razón. Mac Callister irá a Racing, no al Barcelona, por dar un ejemplo. Maradona y Caniggia quedarán, el primero con una alta remuneración, y el segundo con sus particularidades (Caniggia sólo cobra por partido jugado).
Adoptar una medida como la aconsejada por El Narigón implica la necesidad de contar con un respaldo financiero muy grande, que de todas formas también sería necesario para mantener el plantel. Lo primero que hace Boca con Macri es renegociar el contrato con Nike, celebrado con Alegre-Heller. Nike ha efectuado pagos por anticipado, pero no ejecutado la prestación. Boca juega los primeros seis meses de 1986 sin la camiseta Nike, empresa a la que le informan: queremos el doble del precio o nada, de lo contrario no hay contrato. Luego de fuertes negociaciones –por Boca negocian empresarios pares a los de Nike, están Macri y Salvestrini- Nike acepta, renegocia y el precio se duplica.
El auspicio de la camiseta abre la puerta para explotar la marca Boca seriamente por primera vez. Desde aquel reportaje concedido por el interventor en vísperas de su partida indicando que Boca debía explotar la marca Boca, pero no directamente sino a través de una agencia de publicidad creada al efecto, pasan once años, y Boca recién actúa seriamente en esa línea.
Crea Voka S.A. (después Boca Crece S.A.), en sociedad por partes iguales con el Grupo Clarín, que piloteará a Boca en ese aspecto a través de TyC. Se crea el merchandising de Boca, se explota la marca del club más importante de la Argentina. En dos años veríamos qué hacer, cómo seguir, dice Salvestrini. Antes no se había hecho prácticamente nada. Boca vende partidos amistosos, la televisión para el Básquet, negocia y obtiene de su socio Clarín que TyC pague el contrato de Bilardo, comentarista del canal. A Boca el contrato de Bilardo, en lo material, no le cuesta un centavo. Porque Bilardo como director técnico gana el mismo sueldo que ganara como comentarista. El contrato queda a cargo de Clarín, Bilardo justifica su falta de codicia por un mayor sueldo en lo que llama el placer de dirigir a Boca. No le irá bien, en realidad le irá muy mal, pero será quien haga el primer movimiento de un proceso que continuará El Bambino Veira, y coronará EL Virrey Bianchi espectacularmente
Accediendo al pedido de Griffa –en el marco del affaire Maddoni- Boca adquiere a los chicos de las divisiones inferiores de Argentinos Juniors, poniendo especial énfasis en Cesar Osvaldo La Paglia, considerado por alguna prensa como el nuevo Maradona. La prensa muchas veces actúa como vehículo para inflar jugadores y venderlos. Con el grupo se incorpora Pablo Islas, un delantero que jugaba de 9 o de 7, hermano del arquero de Independiente Luis Islas. Integra aquellas inferiores Sergio Adrián Guillermo, que juega de 7. Diego Placente también, pero no queda en Boca, va a River, desplazado absurdamente por el hijo de Hugo Gatti, Lucas Cassius Gatti.
Dentro del grupo, casi como un colado, llega a Boca Juan Ramón Riquelme, el jugador más importante de su historia.
El ingreso de Riquelme no es mérito de Griffa. El mérito es de Bilardo. Los Bilardo tienen un negocio familiar, Muebles Bilardo, en la Avenida Juan B. Justo (cierta vez el depósito sufre un incendio cuando Bilardo ya está en Boca y le va mal, alquilado por su padre a la empresa Soifer, y Clarín supone que el autor del incendio es un hincha descontento por la campaña). Bilardo conoce a Riquelme de verlo jugar en Argentinos Juniors por esa vecindad. También en el grupo aparece Emanuel Suchard Ruiz junto con algún jugador más. Suchard Ruiz queda ligado a la institución para siempre. Hoy juega en el equipo Senior. Cuenta: tuve la suerte que Bilardo nos buscara a Román y a mí en Argentinos Juniors. Me tocó debutar en un amistoso contra el Ajax de Holanda en La Bombonera. Fue increíble”. Bostero hasta el hueso, agrega: Soy de Boca, fanático. Con Román tuvimos la chance de ir a River, pero preferimos vestir la azul y oro.
Es Bilardo, no otro, quien le pide a Macri que lleve a Riquelme a Boca. Los integrantes de la comisión directiva van a las prácticas a ver a Lapaglia, la esperanza maradoniana. Bilardo les dice no, Lapaglia no, hay un pibe que no se la sacan y siempre se la da a un compañero –se refiere a la pelota-, contra Unión va a jugar. Lo miran: es un 8 de pantalones inmensos, que parecen dos polleritas, es un pibe chiquito, flaquito, su físico aún no se ha desarrollado. Uds. compraron a Riquelme, no a Lapaglia les dice figuradamente. Macri se atribuirá mucho después el mérito de haberle impuesto a Bilardo aquel debut, pero no es verdad. Es Bilardo quien pone a Riquelme en la primera de Boca.
Pero a Bilardo le va mal, no gana partidos. El hincha de Boca se impacienta. Aun hoy no lo recuerda bien. Para nada. Entonces se va.
Hector Veira lo sucede. Llegan al club Martín Palermo, Guillermo Barros Schelotto, Walter Samuel, Facundo Sava. Se va conformando un plantel de excelencia. Boca pierde el campeonato Apertura de 1997 por una fatalidad. En abril de 1998 Veira se va con una frase que se hará celebre referida al plantel la base está. Se va dolido por perder el campeonato por un punto, pero más porque se le hace intolerable la relación con Maradona y Caniggia. En su ciclo incluye a tres jugadores colombianos que harán historia, El Chicho Carlos Serna, Jorge Bermúdez y Oscar Córdoba. Y argentinos que alcanzaran un nivel de excelencia, Rodolfo Arruabarrena y Hugo Ibarra, entre otros.
Boca debe buscar el reemplazo. Quien resulte elegido deberá completar el tercio del proceso iniciado por Bilardo y continuado por Veira. De hecho lo hará, llegará más alto que El Toto Lorenzo, ganará cuanta copa se ponga en disputa. Macri se atribuirá el mérito de haber traído a Carlos Bianchi. Efectivamente, según el testimonio de Salvestrini, el 100% de ese mérito le pertenece efectivamente a Macri. Lo cree así. La historia oficial queda escrita así, pero existen anillas de los hechos que no se conocen:
Macri sostiene que siempre dijo que los dos primeros técnicos los elegirían los socios, y el tercero él. En realidad, a Bilardo lo eligió él antes de ser presidente. Y a Veira la Comisión Directiva que él presidía.
Cuando Veira se va, queda Carlos María García Cambón de interino hasta el comienzo de un nuevo campeonato. Se le ofrece quedar como técnico definitivo, pero no acepta, carece de interés en ejercer una profesión tan dura y complicada. La Comisión Directiva íntegramente –Macri incluido- se inclina por Carlos Alberto Passarella, un ex jugador de River, fanático de Boca, que acaba de dejar el mando de la selección nacional. Le ofrecen el cargo y acepta. Forma su propio equipo de ayudantes. Quiere trabajar de inmediato. Pero antes sorpresivamente Macri viaja a España a hablar con Bianchi, que está en ese país acompañando a su hijo que está haciendo un master de administración, después de una mala experiencia como técnico de la Roma.
En Carlos Bianchi. El Último virrey, Miguel Angel Rubio pone en boca del técnico una larga referencia a la charla española con Macri. Pero al mismo tiempo otras charlas se celebran en Buenos Aires con Passarella prácticamente contratado. El ex capitán de la selección campeona del mundo en 1978 despierta una gran expectativa y fuerte entusiasmo. Arma el equipo de Boca en su casa de la Horqueta con Pompilio y otros dirigentes. Incluye parte de los integrantes de la selección de Francia 1998, El Burrito Ariel Ortega y El Piojo Claudio López. A los 15 días, en la reunión de la Comisión Directiva, Pompilio informa sobre Pasarella, de sus cuatro o cinco charlas, en qué consisten las condiciones pactadas, y la incorporación como técnico al día siguiente. Macri inopinadamente hace referencia a Bianchi, es el mes de mayo, esperemos a junio, sorprende. Dice que ha hablado con él, que no está seguro de volver a dirigir a la Argentina, pero aún queda tiempo para decidir. Pompilio insiste. Toda la Comisión Directiva quiere a Passarella. Macri también pero de pronto varía. Es una situación sorprendente. En un principio todos están con Passarella, incluido el presidente. Pasarella quiere asumir ya, Bianchi sigue indeciso. Pompilio insiste, armó cuerpo técnico, ya está, me tiene loco. Votan, Macri dice que si va a España de nuevo convence a Bianchi. Pierde la votación 17 a 1. Hace uso de sus prerrogativas como presidente. El técnico será Bianchi, dice, y se va de la reunión. Adopta una postura parecida a las que tomaba Armando, pero con otro estilo. Ambos son hombres de mando. Si me tomo un avión Bianchi viene, ya está ablandado. Lo siguen Salvestrini y Pompilio hasta el despacho, se corta la luz, es una escena cinematográfica. Voy a hacer uso de mis prerrogativas como presidente. Viene Bianchi
¿Tozudez? No. Aunque Macri cuenta la historia como una decisión propia, en realidad lo que hace es actuar en sintonía con Julio Grondona, a quien le soluciona un problema. Como presidente de la AFA. Grondona no quiere a Bianchi en la selección, pero como Bianchi siga sin trabajo en un club no tendrá más remedio que designarlo, por el indudable prestigio que consiguiera en Vélez. Grondona no tolera a Bianchi, un hombre complicado y difícil de alinear. Grondona, para quien Pompilio es un hijo más, alguna vez le dice: Bianchi es un tipo jodido, nunca lo llevaría a la selección
La designación de Bianchi en Boca le permite reemplazar a Passarella con tiempo. Lo hará recién en octubre precisamente con otro – este flamante- técnico campeón con Vélez Sarsfield, como lo fuera Bianchi: Marcelo Bielsa.
De todas formas Macri muestra, por primera vez, quién es el jefe. Para cerrar el cuadro, firmado el contrato con Bianchi, invita a una recepción – un almuerzo de buffet- en su casa a todos los integrantes de la Comisión Directiva, más algunos agregados como Enrique Nosiglia, Ante Garmaz y todos aquellos que le habían dicho que no a Bianchi, y sí a Passarella. Al almuerzo va Bianchi, si ellos tienen dudas habrá de disiparlas con su trabajo. Se los presenta uno a uno. Le cuenta que todos ellos preferían a Pasarella. Algunos mastican comida y bronca. Un integrante de la Comisión trata de aliviar el mal trago. Al darle la mano a Bianchi, exclama Boca no es Vélez, trabajaste poco en la Argentina, no te queríamos, acá no hay nada personal, ahora vos, como estás en Boca, sos el mejor técnico del mundo.
Macri sabrá con el tiempo que el favor que le hace a Grondona, el juego a Boca se lo pagará maravillosamente. Pero también sabrá el porqué del recelo del jefe de la AFA con Bianchi, cuando –ya ganado todo lo jugado- explote públicamente la grieta entre el técnico y el presidente.

*Material del libro en construcción Boca. De armando a Macri. Memoria del Interventor

Compartir

4 pensamientos en “Macri. El inicio*

  1. Federico G. Polak Autor de la entrada

    Gracias! Ya no aviso las entradas porque me quedé sin ayuda en El Tonto. Por eso está medio inactivo. Esta tuvo más de seis mil visitas por el tema y porque Juan Pablo Varsky la leyó en la radio. Abrazo

  2. Federico G. Polak Autor de la entrada

    ¡Adolfo! ¡Gracias! Cómo estás? El sitio sigue, lo que pasa que no aviso cuando salen notas por mail them porque no tengo la ayuda que tenía antes. No sé donde está la base de datos, nada. Abrazo grande

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*