The Amazing “Doubtful Sound”

Hay ciertas maravillas turísticas, anunciadas pomposamente por las Agencias de Viajes y las Oficinas de Turismo de cada país, que potencian nuestra imaginación hacia límites soñados y que una vez conocidas, no despiertan el menor asombro o interés aún para el viajero más inexperto y menos pretencioso.

Sin embargo, una vez efectuado el viaje y soportado el gasto, nos cargamos con la necesidad de justificar cada uno de nuestros paseos sin confesar los errores cometidos, de modo que nos convertimos así, en cómplices voluntarios de los que luchan por no destruir el mito que ronda la frustrada maravilla visitada.

Ni hablar de aquellas cosas que para accederlas demandan alguna penosa travesía de larga jornada en incómodas y molestas condiciones, o más aún, exigen el pago de una suculenta suma de dinero como access fee.

Quien no ha maldecido después de pagar 30 o 40 dólares por el tour para visitar la famosa Estatua de la Libertad en New York, y sólo gozar de la misma vista que por centavos de dólar se obtenía cómodamente instalado en el Ferry que une Battery Park con Staten Island.

O luego de una prolongada caminata por la inhóspita y calurosa sabana del Kruger National Park en Sudáfrica, intentando encontrar algún rinoceronte, búfalo o elefante, sólo se termina por visualizar el paso de algunos roedores, frágiles gacelas y como muy excitante alguna jirafa comiendo plácidamente de las copas de los árboles.

En fin, entre los múltiples destinos pendientes de conocer, elegimos con mi esposa a comienzos de año, los lejanos territorios de Australia y Nueva Zelanda para una exploración de unas tres semanas.

Desde el primer momento que definimos nuestro plan de viaje, los nombres de Melbourne, Sidney, Adelaide, Auckland, Queenstown, Chrischurch, y tantos otros poblaron nuestra imaginación con prometedoras visiones exóticas y placenteras.

La realidad superó en todos los casos, excepto uno en particular, lo imaginado previamente. Deslumbrantes ciudades y gente, múltiples atracciones, espléndidas vistas panorámicas, alta gastronomía y hotelería, escenarios naturales de singular belleza, y tantos otros encantos nos aparecían a cada paso colmando con plenitud las expectativas previas.

No soy amigo de contratar tours, ni integrales ni parciales, como parte de un plan de viaje. Me limito usualmente a adquirir los tickets de avión y sólo a efectuar reservas de hoteles en aquellos destinos donde resulta aconsejable hacerlo.

Luego, estando en cada lugar y estudiando las opciones in situ, selecciono los paseos programados de mi interés dentro de la múltiple oferta existente.

Pero en este caso, fue tal la insistencia de nuestro agente de viajes en Buenos Aires sobre la espectacularidad y absoluta maravilla de un tour de día completo a los fiordos cercanos a Queenstown en Nueva Zelanda, que no pudimos evitar reservarlo como caso de excepción a nuestra regla.

Se trataba de una visita al legendario fiordo llamado Doubtful Sound, viajando, según lo promocionado, en un crucero de superlujo, con deslumbrante almuerzo incluído e incorporando paradas programadas en varios paradisíacos puntos. Todo ello por la muy respetable suma de u$s 250.- per cápita.

La gran fama del lugar, la alta demanda internacional existente por ese tour, y la firme promesa de vivir una experiencia inigualable, hicieron evaporar nuestras dudas sobre la necesidad de su previa contratación.

La odisea vivida se inició a las 7 horas de la mañana en nuestro hotel en Queenstown, subiendo al micro que nos trasladó al centro de salidas de la Agencia organizadora del tour. Una hora después partíamos en confortable autobús al encuentro de nuestro destino soñado.

El itinerario seguido ese día se inició con dos horas en ese autobús para llegar al extremo de un importante lago, en donde se embarcaba en una gran lancha que a toda máquina, y en una hora adicional, cruzaba hasta el otro extremo del lago.

Allí, nos esperaba un nuevo autobús, bastante menos confortable que el anterior el cual luego de una nueva hora de viaje arribó al embarcadero ubicado al inicio del fiordo, donde esperaba finalmente el crucero de lujo.

El crucero de lujo recorría el interior del fiordo durante una hora y media hasta llegar al extremo del mismo donde desemboca en mar abierto. Llegado a ese punto, el barco emprende el regreso, iniciando obviamente todo el recorrido efectuado de casi seis horas, ahora en sentido inverso.

Mi absoluto aburrimiento durante todo ese trayecto, sumado a las automaldiciones que internamente proferí por haber contratado ese tour, se vieron considerablemente incrementados ante la obvia conclusión que me esperaban otras seis horas de mi vida en similar tortura para volver al hotel en Queenstown.

El crucero de superlujo, resultó ser una muy modesta embarcación para unos cincuenta pasajeros, con múltiples asientos para tres personas ubicados en dobles filas enfrentadas con precarias tablas entre ambas que actuaban de mesas para comer, jugar a las cartas, o lo que sea.

El almuerzo de lujo ya había desaparecido de nuestro horizonte muy temprano, cuando al subir a la lancha del lago recibimos el formal anuncio de que ése era el último punto del tour donde se podía adquirir “substantial food”. Luego sólo habría bebidas disponibles.

Presurosos y temerosos de morir de inanición en la jornada, nos apretujamos frente al mostrador para adquirir nuestra substantial food. La misma consistía en una caja de cartón, con un sandwhich de contenido incierto, una tarta de muy mal aspecto y una manzana de reducido tamaño y dudoso aroma.

Las vistas durante todo el recorrido no ofrecieron nada diferente de lo usualmente visto en cualquier área rural del mundo, y el recorrido marítimo en los fiordos nada más que agua con boscosos montes de escasa altura. Algunos delfines que acompañaron el barco durante unos minutos y una colonia de focas marinas sobre unas rocas al extremo del fiordo, resultaron las grandes atracciones del día.

El semblante de los 50 o 60 turistas que nos acompañaban en el tour demostraba claramente que no éramos ni los únicos ni los más desilusionados del grupo.

Intentamos alguna ocasional charla con quienes estaban cerca, pero resultó difícil llenar seis horas primero, y otras seis horas después con temas de conversación entre turistas que recién se conocen.

En mi caso, por ser Argentino, las habilidades de Maradona fue uno de los temas más profunda y extensamente tratado.

Pero el ser humano es sin duda maravilloso y nos asombra cada día. Aún en medio de esa realidad adversa, se producen hechos entre nuestros semejantes que nos hace cuestionar y dudar de nuestra visión del mundo y en particular de nuestra propia escala de valores y sentido de la estética.

Apenas iniciado el regreso en el crucero, el Capitán anuncia con solemnidad que se propone detener el barco en un punto muy especial del fiordo, que por la riqueza, variedad y originalidad de los sonidos naturales que se escuchan en él, le dió el nombre al fiordo.

Íbamos a tener el raro privilegio de escuchar el legendario Doubtful Sound.

Para facilitar la audición, todos nos trasladamos a la cubierta del barco, eligiendo un lugar acorde y obedeciendo fielmente la instrucción del capitán de no moverse para nada, de no pronunciar palabra ni producir sonido alguno durante los cinco minutos, que con los motores apagados, duraría la experiencia.

Confieso que fueron los cinco minutos más silenciosos que viví en mi vida porque por más intensos que fueron los esfuerzos por identificar algún sonido natural proveniente del lugar, ni mi esposa ni yo detectamos absolutamente nada.

No sirvió la técnica de cerrar los ojos, contener la respiración y mantener el cuerpo absolutamente inmóvil para concentrar nuestro sentido auditivo al máximo. Tampoco fue útil extender completamente el cuerpo por sobre la baranda de la cubierta y escudriñar la espesura del bosque con ahínco.

Transcurridos los primeros dos o tres minutos, miramos con disimulo a nuestros compañeros de aventura buscando alguna señal de su parte de estar viviendo otra cosa. Todos nos parecieron igualmente desencantados, excepto la pareja de mediana edad que estaba casualmente a nuestro lado y que tiernamente abrazados y con sus ojos cerrados, parecían estar muy concentrados en la situación.

Seguramente estaban escuchando en ese lugar y en ese momento, algo que pertenecía a una galaxia de sonidos existente sólo en sus mentes influenciadas por las historias y mitos del lugar y obviamente potenciadas por su extrema ansiedad de vivir experiencias únicas en un viaje.

Mi suposición se vió plenamente confirmada cuando al encenderse los motores del barco, en clara señal del capitán de finalización del episodio, escucho que el hombre, totalmente impactado por la experiencia vivida y con un tono de profundo respeto y admiración le dice a su mujer ¡ It´s amazing !

Sin duda en ese momento no pensó en las seis o siete horas siguientes que le deparaba el destino y que en mi opinión cerraban una penosa jornada absolutamente olvidable, pero indudablemente “amazing ”.

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