Josafat

La raza de los ogros estaba en plena decadencia.  Eran cada vez menos los que permanecían fieles a sus votos de ferocidad y soltería  y continuó el flujo de los desertores que abandonaban sus castillos para entregarse a los más innobles placeres de la burguesía.  Los nuevos tiempos no favorecían el cumplimiento de una regla demasiado severa y la corrupción hacía estragos incluso entre aquellos que permanecían en una ortodoxia bastante discutible.  A tales extremos de suspicacia y de inseguridad se había llegado, que un libelo anónimo y a todas luces calumnioso, sostuvo que uno de los ogros más respetables y más devoto de las tradiciones estaba casado en secreto.

Son variadas y complejas las causas que habían degradado y llevado al borde de la extinción a esta raza antiguamente noble y vigorosa, pero la principal fue una hechicería casi homérica que permitía a las mujeres transfigurarse en animales para conseguir sus infames propósitos.  En conocimiento de la tradicional debilidad de los ogros por toda suerte de representantes de la fauna común y de la fantástica, las mujeres penetraban en los castillos convertidas en graciosos venados, en sumisos jabalíes o en zalameros dragones.  De esta manera ganaban la simpatía, la confianza y la intimidad del ogro, hasta que reblandecida su voluntad y nublada y destruida su fuerza moral, recuperaban su forma primitiva y lo arrastraban a los peores excesos de la vida familiar.

La reacción de los ogros fue tardía y de una asombrosa debilidad, como si obedecieran a una inconsciente vocación de suicidio colectivo.  Los más escépticos no creyeron estas historias y cayeron víctimas de su realismo, otros, más dados a la especulación, sostuvieron la tesis de que sólo había unas pocas especies amenazantes de mujeres y, después de un congreso tormentoso en que se impusieron los intereses personales a los de la razón y a los del buen sentido, se aprobó una lista mínima que en vez de combatir el mal lo hacía más peligrosos.  Sólo escaparon los más ascéticos, los más puros, aquellos que aún desafiaban la represión y salían en las noches a devorar niños y a violar doncellas.

Pero ni aun ellos estaban a salvo, pues llevados por su ancestral pasión zoológica permitieron la entrada a animales aparentemente inofensivos.  Las metamorfosis no tenían límites y tampoco las seducciones. Un ogro ejemplar fue víctima de un mamut, otro de una mosca, otro más del águila bicéfala de los Romanoff que se introdujo con aspecto de elemento puramente heráldico.

En la época a la que me refiero, los ogros ya formaban un clan lamentable, una minoría menos perseguida que desprestigiada. Vivían en el temor de si mismos y en la obsesiva persecución de toda clase de especies animales. Fueron sacrificados los mastines de las puertas, arañas y telarañas que son lujo obligado en las mansiones más modestas, y eliminadas de sus dietas  las ostras sin congelar.  Cuando bajaban al pueblo para emborracharse y fanfarronear se veían a los ojos con mutua desconfianza, como tratando de averiguar el signo de la enfermedad mortal.  Mientras sus enormes bocas imitaban ritualmente la risa de sus antepasados, sus corazones permanecían apretados  por el miedo.

Josafat era joven, recto y prudente.  Una verdadera esperanza de su raza, la esperanza que distraía la amargura de los mayores.  Pero seguro de su fortaleza cansado de la soledad y de no tener tentaciones, fue aflojando en su lucha contra los animales más pequeños.  Un día permitió que se instalara en su castillo una colonia de hormigas y, poco después, asistió sin inmutarse al nervioso paso de un ratoncillo gris.  Pensó, distraído, que un ratoncillo gris no podría desviarlo de sus votos de ferocidad y de soltería.  Esa fue su última oportunidad de salvación, la última burbuja de autodefensa que rebotó en su conciencia.

La caída de Josafat aniquiló toda esperanza.  Una ominosa fiebre matrimonial se apoderó de los restantes miembros de la comunidad, con excepción de dos o tres de los más viejos que enloquecieron y fueron recluidos en el manicomio zoológico de la ciudad.  Hoy pasean melancólicamente por sus jaulas mientras sueñan, tal vez, con un infinito tapiz desmesurado en que se confunden blancas formas femeninas con todos los animales de la creación.

El Josafat de hoy prende la lámpara de mesa, se levanta con cuidado y se acerca a la ventana.  Piensa en el pasado y en el futuro.  Junto al hueco que dejó su cuerpo, una mujer respira con suavidad.  Tiene la frente despejada, mínimas gotas de sudor permanecen en el fondo de sus poros y un principio de sonrisa que le otorga una expresión irónica de roedor, de venado o de águila.

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7 pensamientos en “Josafat

  1. Juan Pedro

    Disfrute la lectura de Josafat. Gracias, este blog nos sorprende siempre con algo grato. Estos Polak van para adelante, ojalá que les vaya bien en sus asuntos y mantengan para siempre El Tonto y los Sabios

  2. Federico G. Polak Autor de la entrada

    La decisión de publicar Josafat fue adoptada a instancias de Nestor Grancelli Cha, quien nos envió el texto. Uno de nosotros (el más antiguo) se sintió especialmente tocado por las sabias palabras de Profirio Muñoz Ledo, a quien conoció gracias a la definitiva y profunda amistad que mantuvo con Raúl Alfonsín

  3. Nestor Grancelli Cha

    Muy buena decisión la de publicar un cuento de Javier Wimer, ensayista y diplomático mexicano que me brindó su amistad y alentó mi intención de escribir, “ingresando en la lucha por el rescate de la memoria”. Así como soy hombre de la generación del 45 en Argentina, Javier lo fué de la Generación del Medio Siglo en México. Su amigo Porfirio Muñoz Ledo, cuando despidió a Javier dijo: “Inteligencia crítica, saberes penetrantes, sarcasmo generoso, patriotismo medular, orgullo irreductible, lealtad sin fisuras y vocación lúdica para tejer en la amistad las redes posibles de una sociedad en extinción” Quienes fuimos sus amigos sabemos bien porqué esa semblanza.

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