La princesa y los desconocidos de siempre

Roma rinde culto consecuente aún hoy, desde hace más de medio siglo y en todas partes –afiches, fotos, itinerarios–, a uno de los mitos románticos más feliz y talentosamente constituidos: el de “la princesa que quería vivir”, y eligió la ciudad justa y el hombre acorde para intentarlo durante un par de días de escapada. Roman Holiday se llamó la película del ’53 que filmó William Wyler –y no firmó hasta mucho después Dalton Trumbo– con la novata e increíble Audrey Hepburn haciendo de inquieta princesa del Este, y el mejor Gregory Peck posible, de periodista yanqui. Película perfecta, comedia romántica de manual que funciona aún hoy urbi et orbe como una bendición papal. Y con la misma alevosa identidad romana, sobre todo: la pareja montada en la Vespa con el fondo del Coliseo es casi demasiado marca.

Porque Roman Holiday significó en la todavía penosa posguerra italiana la puesta o reposición en el mundo, desde Hollywood –tras Roma, città aperta y otras crudas veracidades nativas–, de la Ciudad Eterna como literal escenario exótico pero no salvaje, con piedras viejas, basílicas doradas y frescos descascarados, apto para el idilio o la liviana transgresión sentimental entre extranjeros o con nativos caracterizados. Three Pennies in the Fountain, del año siguiente, multiplica la apuesta, las parejas y redunda la Fontana di Trevi con fondo melódico de Sinatra. Y fue, a partir de ahí, plaga.

De todas las secuelas, del insólito latin lover Rossano Brazzi y de tantos lugares comunes no tiene la culpa la impecable Roman Holiday. Y por eso uno, en amarrada pareja, sin pudores y en patota consabida –todo está tan lleno de gente–, mientras mira todo lo demás, hace el itinerario mítico: no se sube a la Vespa, pero sí mete la mano en la pétrea “Boca de la verdad”, se sienta en la escalinata de la Piazza Spagna, se asoma por la balaustrada del puente del Castillo de Sant’Angelo para ver la plataforma –que ya no está– donde se producen el baile y la trifulca que termina con ellos en el agua y, finalmente, espera largamente el bus con el cual llegará a las inmediaciones de Via Margutta 51, el domicilio del estudio de Peck. Para pisar las piedras, claro; y sacar la foto.

Y en eso está uno, en la vereda de Piazza Venezia, cansado pero feliz entre la gente que también espera, e subito, sera (“Y de pronto se hace la noche”) como dijo alguna vez, telegráfico, el carrasposo Ungaretti. Ya verán cómo.

Porque en estas últimas semanas habíamos estado hablando larga y elogiosamente –riéndonos de nuevo, quiero decir– de y con Los desconocidos de siempre (1958), la obra maestra de Mario Monicelli. Con ella –dicen los que saben– nació informalmente la nueva commedia all’italiana que recuperaba la herencia del crudo neorrealismo con una mirada sesgada desde el humor más inteligente. Del Dino Risi de Il sorpasso al primer Ettore Scola, parece que la cosa de la risa agridulce viene de ahí.

El sabio Monicelli, del que el año que viene se cumple un siglo de su nacimiento –se tiró por la ventana del sanatorio a los 95 años, enfermo terminal, en 2010–, ganó premios, pero sobre todo favor popular universal con esta I soliti ignoti –título por una vez bien traducido en la Argentina–, primera muestra de su madurez creativa. Siguió ganando con La Gran Guerra al otro año –León de Oro en Venecia y nominación al Oscar– y ya en los ’60 con las inolvidables La Armada Brancaleone (show de Gassman) y Los compañeros (capolavoro de Mastroianni). Aunque filmó y firmó más de sesenta películas y trabajó casi hasta el final, acaso la última que recordemos todos, con invencibles, penosas risas, sea la tremenda Amici miei (la de las cachetadas desde el andén…), con Tognazzi y Noiret, que es del ya lejano 1975. Es que ni la comedia italiana (con excepciones) ni las distribuidoras –copadas por la producción de Hollywood y alrededores– son lo que fueron.

Volviendo a Los desconocidos de siempre: mis amigos Carlos y Valeria acababan de verla una vez más, y disfrutamos recordando secuencias enteras de lo que nació como una versión paródica de Rififi, el clásico francés de Jules Dassin, y llegó mucho más lejos. Y recordando personajes: el famoso viejito Capannelle que va a la cita delictiva vestido de sportivo y que luego del asalto frustrado termina comiendo la papilla en la cocina era –entre tantos famosos de entonces– un veterano actor napolitano, Carlo Pisacane. Lo volvimos a ver haciendo de judío que se esconde en su propio baúl en La Armada Brancaleone.

La memorable secuencia de il professore Totò dando sesudas lecciones al grupo sobre cómo abrir una caja fuerte –con sombrero, pijama y bufanda–, en una terraza entre ropa colgada, es antológica; y la llegada del personaje de Mastroianni, con su bebé en brazos porque no tuvo con quien dejarlo, también.

Precisamente esa escena siempre me ha hecho pensar que los geniales Age y Scarpelli –que concibieron la historia original y escribieron el guión junto a Monicelli y Suso Cecchi D’Amico–, así como se inspiraron, sobre todo para el desenlace, en un cuento de Calvino (“Furto in una pasticceria”), para esta secuencia del delincuente que porta a su bebé para el asalto deben haber recordado un cuento del brillante Damon Runyon que está en Guys & Dolls (Tipos y tipas, en la edición argentina de Fabril), colección de relatos llenos de humor ambientados en el bajo fondo neoyorquino, con la fauna de Broadway como protagonista. Nunca he podido verificar esa filiación.

Lo que sí es fácil de comprobar es que –a diferencia de lo que sucede con Roman Holiday– no hay visitas guiadas o referencias turísticas sobre los lugares puntuales por los que deambularon Gassman, Tiberio Murgia, Renato Salvatori, el viejito sportivo o la dulcísima Claudia Cardinale, que recién empezaba. Sería bueno subir a la terraza donde enseñaba ex catedra Totò. Pero no. Será porque esas locaciones carecen del glamour de las de la princesa. Será nomás porque incluso se recuerda el baño de la desbordante Anita Ekberg en la Fontana di Trevi; pero es parte de 8 y 1/2, es Fellini, es otro casillero. Y otra Roma y otra Italia, claro.

Todo viene al caso porque, volviendo al momento en que esperaba mi bus nostálgico para la Via Margutta para visitar la casa donde Peck besa a la princesa, en bata, por segunda vez, en ese preciso momento, al buscar los bien contados euros para pagar el ticket, supe que no los tenía: me habían afanado. ¿Quién? Chi lo sa. Yo pienso y me consuelo pensando que –como suelen o solían decir los diarios– fueron I soliti ignoti, los desconocidos de siempre.

Creía estar dentro de una película perfecta; pero estaban dando otra, incluso mejor.

 

 

 

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