Esse est percipi

Viejo turista de la zona Núñez y aledaños, no dejé de notar que venía faltando en su lugar de siempre el monumental estadio de River. Consternado, consulté al respecto al amigo y doctor Gervasio Montenegro[2], miembro de número de la Academia Argentina de Le­tras. En él hallé el motor que me puso sobre la pista. Su pluma compilaba por aquel entonces una a modo de Historia Panorámica del Periodismo Nacional, obra llena de méritos, en la que se afanaba su secretaria. Las do­cumentaciones de práctica lo habían llevado casualmen­te a husmear el busilis[3]. Poco antes de adormecerse del todo, me remitió a un amigo común, Tulio Savastano, presidente del club Abasto Juniors, a cuya sede, sita[4] en el Edificio Amianto, de avenida Corrientes y Pasteur, me di traslado. Este directivo, pese al régimen doble dieta a que lo tiene sometido su médico y vecino doctor Narbondo, mostrábase aún movedizo y ágil. Un tanto enfarolado por el último triunfo de su equipo sobre el combinado canario, se despachó a sus anchas y me con­fió, mate va, mate viene, pormenores de bulto que alu­dían a la cuestión sobre el tapete. Aunque yo me repi­tiese que Savastano había sido otrora el compinche de mis mocedades de Agüero esquina Humahuaca, la majestad del cargo me imponía y, cosa de romper la tiran­tez, congratulélo sobre la tramitación del último goal que, a despecho de la intervención oportuna de Zarlenga y Parodi, convirtiera el centro-half Renovales, tras aquel pase histórico de Musante. Sensible a mi adhe­sión al once de Abasto, el prohombre dio una chupada postrimera a la bombilla exhausta, diciendo filosófica­mente, como aquel que sueña en voz alta:

-Y pensar que fui yo el que les inventé esos nombres.

¿Alias? -pregunté, gemebundo-. ¿Musante no se llama Musante? ¿Renovales no es Renovales? ¿Limardo no es el genuino patronímico del ídolo que acla­ma la afición?

La respuesta me aflojó todos los miembros.

-¿Cómo? ¿Usted cree todavía en la afición y en ídolos? ¿Dónde ha vivido, don Domecq?

En eso entró un ordenanza que parecía un bom­bero y musitó que Ferrabás quería hablarle al señor.

-¿Ferrabás, el locutor de la voz pastosa? -ex­clamé-. ¿El animador de la sobremesa cordial de las 13 y 15 y del jabón Profumo? ¿Estos, mis ojos, le verán tal cual es? ¿De veras que se llama Ferrabás?

-Que espere -ordenó el señor Savastano.

-¿Que espere? ¿No será más prudente que yo me sacrifique y me retire? -aduje con sincera abnegación.

-Ni se le ocurra -contestó Savastano-.
Ar­turo, dígale a Ferrabás que pase. Tanto da…

Ferrabás hizo con naturalidad su entrada. Yo iba a ofrecerle mi butaca, pero Arturo, el bombero, me di­suadió con una de esas miraditas que son como una masa de aire polar. La voz presidencial dictaminó:

-Ferrabás, ya hablé con De Filipo y con Ca­margo. En la fecha próxima pierde Abasto, por dos a uno. Hay juego recio, pero no vaya a recaer, acuérdese bien, en el pase de Musante a Renovales, que la gente lo sabe de memoria. Yo quiero imaginación, imaginación. ¿Comprendido?
Ya puede retirarse.

Junté fuerzas para aventurar la pregunta:

-¿Debo deducir que el score se digita?

Savastano, literalmente, me revolcó en el polvo.

-No hay score ni cuadros ni partidos. Los esta­dios ya son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa ex­citación de los locutores ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel pre­ciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman.

-Señor ¿quién inventó la cosa? -atiné a pre­guntar.

-Nadie lo sabe. Tanto valdría pesquisar a quién se le ocurrieron primero las inauguraciones de escuelas y las visitas fastuosas de testas coronadas. Son cosas que no existen fuera de los estudios de grabación y de las redacciones. Convénzase Domecq, la publicidad masi­va es la contramarca de los tiempos modernos.

-¿Y la conquista del espacio? -gemí.

-Es un programa foráneo, una coproducción yanqui-soviética. Un laudable adelanto, no lo negue­mos, del espectáculo cientifista.

-Presidente, usted me mete miedo -mascullé, sin respetar la vía jerárquica-. ¿Entonces en el mundo no pasa nada?

-Muy poco -contestó con su flema inglesa-. Lo que yo no capto es su miedo. El género humano está en casa, repantigado, atento a la pantalla o cuando no a la prensa amarilla. ¿Qué más quiere,
Domecq? Es la marcha gigante de los siglos, el progreso que se impone[5].

-¿Y si se rompe la ilusión? -dije con un hilo de voz.

-Qué se va a romper -me tranquilizó.
-Por si acaso seré una tumba -le prometí-. Lo juro por mi adhesión personal, por mi lealtad al equipo, por usted, por Limardo, por Renovales.

-Diga lo que se le dé la gana, nadie le va a creer.

Sonó el teléfono. El presidente portó el oído y aprovechó la mano libre para indicarme la puerta de salida.

(Incluido en Crónicas de Bustos ©1963, Adolfo Bioy Casares/Jorge Luis Borges, Emecé Edi 1979, 1991, 1997 y © María Kodama. Tomado de Cuentos de Futbol argentino, selección de fontanarrosa. Alfaguara 2004).

*Anotaciones de José Luis González Fernández

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[1] Significa “Existir es ser percibido” según el idealismo subjetivo de Berkeley. Este cuento, pertenece a los los relatos detectivescos Seis problemas para don Isidro Parodi (publicada en 1942) escritos a la limón entre Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Tienen como autor imaginario a Honorio Bustos Domecq, quien supuestamente fue un escritor precoz que publicó a la edad de 10 años, polígrafo, inspector de enseñanza y defensor de pobres. Posteriormente, Borges y Bioy Casares publicaron con el mismo seudónimo Crónicas de Bustos Domecq (1967), de donde se extrae este cuento.
[2] Gervasio Montenegro es colega imaginario de Honorio Bustos Domecq, y también aparece en los relatos, como un célebre actor acusado de asesinato en algunos realtos.

[3] Meollo, Quid del asunto

[4] Situado

[5] Hoy mas que nunca, apoyado por los medios de comunicación a su servicio ¿o al revés?, el gobierno de la República intenta conseguir, y mucho ha logrado, que la afición siga creyendo en los partidos que transmiten. Mucho han de deberle a Ferrarás y don Tulio Savastano.

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