Ve a ver a Eddie

Siempre arreglaban el cuarto de Helen mientras ella se bañaba de modo que, cuando salía del baño, en su tocador ya no estaban las cremas de noche ni los algodones sucios, y en el espejo se reflejaban las colchas lisas y los cojines del sillón. Cuando hacía sol, como ahora, se distinguían manchas cálidas y brillantes que hacían resaltar los colores pastel seleccionados de una pequeña revista sobre decoración.

Helen se estaba cepillando la gruesa cabellera pelirroja cuando entró Elsie, la sirvienta.

-Señora, el señor Bobby está aquí­ -dijo Elsie.

-¿Bobby? -dijo Helen-. Creí que estaba en Chicago. Pásame la bata, Elsie, y luego díle que entre.

Acomodándose la bata azul para cubrir sus largas piernas desnudas, Helen continuó cepillándose el pelo. Entonces un hombre alto con el cabello color arena, vistiendo saco sport, pasó por atrás de ella, tronando su dedo índice contra la parte de atrás de su cuello. Fue directamente al sofá que estaba del otro lado del cuarto y se apoltronó con todo y saco. Helen podía verlo en su espejo.

-¿Qué tal? -dijo-. Oye, acaban de arreglar eso. Creí que estabas en Chicago.

-Regresé anoche -dijo Bobby, bostezando-. Estoy cansadísimo.

-¿Tuviste suerte? -preguntó Helen-. ¿No fuiste a oír cantar a una muchacha o algo por el estilo?

-Uh -afirmó Bobby.

-¿No era buena?

-Mucho trabajo de pecho. Nada de voz.
Helen dejó su cepillo, se levantó y fue a sentarse en una silla color durazno a los pies de Bobby. De la bolsa de su bata sacó una lima y procedió a aplicarla en sus largas uñas rosadas.

-¿Qué más sabes? -inquirió.

-No mucho -dijo Bobby. Se enderezó en su asiento con un gruñido, sacó una cajetilla de cigarros de la bolsa de su saco, los guardó, luego se paró para quitarse el saco. Arrojó el pesado objeto en la cama de Helen, esparciendo una colonia de rayos de sol. Helen siguió limándose las uñas. Bobby se sentó en la orilla del sofá, encendió su cigarro y se inclinó hacia adelante. El sol los iluminaba a ambos, embelleciendo la piel lechosa de Helen, aunque en el caso de Bobby no hací­a más que resaltar su caspa y las bolsas debajo de los ojos.

-¿Qué te parecerí­a un trabajo? -preguntó Bobby.

-¿Un trabajo? -dijo Helen, limándose las uñas-. ¿Qué clase de trabajo?

-Eddie Jackson está por comenzar los ensayos de un nuevo show. Lo vi anoche. Deberías ver lo acabado que está el tipo ese. Le pregunté que si tenía un lugar para mi hermana y me contestó que tal vez, y dije que posiblemente te darías una vuelta por ahí­.

-Qué bueno que dijiste posiblemente -dijo Helen, mirándolo-.

¿Qué lugar me daría? ¿El tercero a la izquierda o algo así?

-No le pregunté qué lugar. Pero ya es algo, ¿no?

Helen no contestó y siguió limándose las uñas.

-¿Por qué no quieres trabajar?

-No dije que no quisiera.

-¿Entonces cuál es el problema de ir a ver a Jackson?

-Ya no quiero trabajar de corista. Además odio con toda mi alma a Eddie Jackson.

-Sí­ -dijo Bobby. Se levantó y caminó hasta la puerta-. ¡Elsie!
-gritó-. ¡Tráeme un café! -y luego volvió a sentarse.

-Quiero que veas a Eddie- le dijo.

-No quiero verlo.

-Quiero que vayas a verlo. Deja esa maldita lima por un momento.

Ella siguió limándose.

-Quiero que vayas hoy en la tarde, ¿me oíste?

-No voy a ir ni hoy en la tarde ni ninguna otra tarde -le dijo Helen, cruzando las piernas-. ¿A quién crees que le estás dando órdenes?

La mano de Bobby estaba a medio cerrar cuando le botó de un golpe la lima de sus dedos. Ella ni lo miró, ni recogió la lima de la alfombra. Tan sólo se levantó y regresó a su tocador para seguir cepillándose el pelo, la gruesa cabellera pelirroja. Bobby la siguió y se paró atrás de ella, buscando sus ojos en el espejo.

-Quiero que vayas a ver a Eddie hoy en la tarde, ¿me oíste, Helen?

Helen se cepilló el cabello.

-¿Y qué me va a hacer este machito si no me paro por ahí?

El aceptó la insinuación.

-¿Quieres que te lo diga? ¿Quieres que te diga qué voy a hacer si no vas?

-Sí­, quiero saber qué vas a hacer si no me paro por ahí – Helen lo imitió.

-No hagas eso. Te voy a dar una bofetada en esa glamorosa boquita. Te lo aseguro -Bobby le advirtió-. Quiero que vayas. Quiero que veas a Eddie y que tomes ese maldito trabajo.

-No; quiero que me digas qué harás si no voy -dijo Helen, pero con su voz natural.

-Te voy a decir lo que haré -dijo Bobby, mirándola a los ojos por el espejo-. Llamaré a la esposa del mugroso de tu amigo y le diré lo que está pasando.

Helen se carcajeó.

-¡Adelante! -le dijo-. ¡Adelante! ¡Ya lo sabe todo!

-¿Ya sabe, eh?- dijo Bobby

-¡Sí­, ya lo sabe! ¡Y no le digas mugroso a Phil! ¡Ya quisieras tener la mitad de la presencia que él tiene!

-Es un cerdo. Un farsante asqueroso -dijo Bobby-. Ese es tu amigo.

-Viniendo de ti es un elogio.

-¿Has visto alguna vez a su esposa? -preguntó Bobby.

-Sí -he-visto a-su-esposa. ¿Ella qué tiene que ver?

-¿Te has fijado en su cara?

-¿Qué tiene de maravilloso su cara?

-¡No tiene nada de maravilloso! No tiene una boquita glamorosa como la tuya. Es sólo una cara bonita. ¿Por qué no dejas en paz al estúpido de su marido?

-¡Por nada que a ti te importe! -estalló Helen.

De repente, los dedos de la mano derecha de Bobby se enterraron en el hueco de sus hombros. Ella gritó de dolor, volteó y, desde una posición incómoda. Pero con todas sus fuerzas, golpeó la mano con el revés del cepillo. El aguantó la respiración y giró rápidamente de modo que les dio la espalda a ambas, a Helen y a Elsie, la sirvienta, que había entrado con su café. Elsie acomodó la bandeja en el asiento de la ventana, junto a la silla donde Helen se había estado limando las uñas, y luego salió del cuarto.

Bobby se sentó y, usando la otra mano, sorbió su café negro, Helen habí­a comenzado a peinarse frente a su tocador. Usaba un chongo anticuado y pesado.

Hacía mucho que él habí­a terminado su café cuando la última horquilla estuvo en su lugar. Después, ella se dirigió hacia donde él se encontraba sentado, fumando, mirando por la ventana. Cruzando los pliegues del cuello de su bata contra sus senos, se sentó, con un pequeño uups de desequilibrio, en el piso, justo a los pies de Bobby. Tomó uno de sus tobillos entre sus manos y, acariciándolo, se dirigió a él con una voz diferente.

-Perdóname, Bobby. Pero me hiciste perder la calma. ¿Te lastimé la mano?

-No importa la mano -dijo, sin sacarla de la bolsa.

-Bobby, amo a Phil. Palabra de honor. No quiero que creas que sólo estoy jugando. ¿No me crees, verdad? O sea, ¿no crees que sólo estoy jugando, tratando de lastimar a la gente?

Bobby no contestó.

-Palabra de honor, Bob. Tú no conoces a Phil. De veras que es una magnífica persona.

Bobby la miró:

-Tú y tus malditas magníficas personas. Conoces a tantas magníficas personas. El tipo de Cleveland. ¿Cómo diablos se llamaba? Bothwell. Harry Bothwell. Y qué tal el güero que cantaba en el Bill Cassidy. Dos de las malditas magníficas personas que te he conocido. -Volvió a asomarse por la ventana-. Ya estuvo bien -le dijo finalmente.

-Bob -dijo Helen-, sabes cuántos años tenía. Estaba muy joven. Tú lo sabes. Pero esta vez es cierto, Bob. En serio. Yo lo sé. Nunca antes me sentí así. ¿No puedes pensar realmente que me esté tomando esto de Phil así nada más, Bob?
Bobby la miró de nuevo, enarcó las cejas, apretó los labios.

-¿Sabes lo que oí en Chicago? -le preguntó.

-¿Qué oíste, Bob? -preguntó amablemente Helen, haciéndole cariños en el tobillo con la yema de los dedos.

-Oí a dos tipos hablando; no los conoces. Estaban hablando de ti y de ese tipo que es aficionado a las carreras de caballos. Hanson Carpenter. Estaban platicando sobre eso. – Hizo una pausa-. ¿Con él también, Helen?

-Esa es una mentira estúpida, Bob -Le dijo Helen suavemente-. Apenas conozco a Hanson Carpenter como para saludarlo.

-Puede que así sea. Pero para un hermano es algo maravilloso tener que oírlo, ¿no? ¡Todo el mundo en la ciudad se carcajea de mí­ cuando me ven llegar a cualquier esquina!

-Bobby, si tú crees en ese maldito chisme tú tienes la culpa. ¿Qué te importa lo que digan? Tú eres más grande que ellos. No tienes por qué hacer caso a lo que inventan.

-No dije que lo creyera. Dije que eso fue lo que oí. Es bastante, ¿no?

-Bueno, pero no es cierto -le dijo Helen-. ¿No me pasas un cigarro?

Le arrojó la cajetilla de cigarros a las piernas; y luego los cerillos. Prendió uno, aspiró, y se quitó un pedazo de tabaco de la lengua con la yema de los dedos.

-Tú eras una niña muy buena -afirmó brevemente Bobby.

-¿Qué ya no lo soy? -dijo Helen con voz de niña.

Él se quedó callado.

-Helen, escúchame. Te lo voy a decir. El otro día almorcé con la esposa de Phil, antes de irme a Chicago.

-¿Sí?

-Es una muchacha buena. Con clase -le dijo Bobby.

-Con clase, eh -dijo Helen.

-Sí­. Escucha. Ve a ver a Eddie hoy en la tarde. Nada pierdes. Ve a verlo.

Helen le dio una fumada a su cigarro.

-Detesto a Eddie Jackson. Siempre se quiere hacer el chistoso conmigo.

-Escucha -dijo Bobby, levantándose-. Tú sabes portarte como un hielo cuando se te da la gana.- Se paró frente a ella-. Me tengo que ir. Todaví­a no me paro por la oficina.

Helen se levantó y lo vio ponerse su saco sport.

-Ve a ver a Eddie -dijo Bobby, poniéndose sus guantes de piel de cerdo-. ¿Me oyes? -Abotonó el saco-. Luego te llamo.

-¡Ah, sí, luego me llamas! -refunfuñó Helen-. ¿Cuándo? ¿El 4 de julio?

-No, pronto. Últimamente he tenido muchísimo trabajo. ¿Dónde está mi sombrero? Ah, no traía.

Lo acompañó hasta la puerta de entrada, y se quedó ahí hasta que llegó el elevador. Luego cerró la puerta y se fue corriendo hasta su cuarto. Se dirigió al teléfono y marcó velozmente pero con precisión.

-¿Sí? -dijo en la bocina- ¿No me puede comunicar con el señor Stone, por favor? De parte de la señorita Mason. -En un momento se oyó su voz-. ¿Phil? -dijo- Escucha. Se acaba de ir mi hermano Bobby. ¿Sabes por qué? Porque la adorable snob de tu esposa le estuvo hablando de ti y de mí. ¡Sí! Escucha, Phil. Escúchame. No me gusta. No sé si tú tienes que ver con esto o no. Pero no me gusta. No me importa. No, no puedo. Tengo otro compromiso. Tampoco hoy en la noche. Llámame mañana. Estoy muy molesta con todo esto. Te dije que me llames mañana. Phil. No. Te digo que no, Phil. Adiós.

Acomodó el auricular, cruzó las piernas y mordió pensativa la cutícula de su pulgar. Luego volteó y gritó con fuerza:

-¡Elsie!

Tímidamente, Elsie entró al cuarto.

-Llévate la taza del señor Bobby.

Cuando Elsie salió del cuarto, Helen marcó de nuevo.

-¿Hanson? -dijo-. Soy yo. Lo nuestro. Nosotros. Gandallita.

1940

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