El punto de no retorno a la boludez

En algún momento de nuestras vidas ocurre y por lo general es en la adolescencia tardía o poco más: un evento equis nos saca del mundo ombligo donde vivíamos. Es un momento de descubrimiento y de variar el cristal con el cual miramos la vida. En algunos esa bisagra puede ser un hecho familiar -la enfermedad o muerte de un ser querido, la llegada de un hijo-, en otros una cuestión pública -una epidemia, un liderazgo político-. En todos los casos, un hecho histórico marca el final de una etapa de boludez que parece propia a todo ser humano. No es que se acabe la época de jugar, ni que mutemos en personas equilibradas; cambiamos nuestra forma de mirar: levantamos la vista del ombligo y giramos la cabeza para contemplar el mundo.

El acto por la firma de paz en Colombia hubiese sido uno de esos momentos clave para acercar a los millennials al punto de no retorno a la boludez. Pero la televisión argentina prefirió la boludez. Durante una hora, el mundo tuvo la posibilidad de ver en vivo y en detalle el acontecimiento político más importante de la región en lo que va del siglo. En un marco imponente, una docena de líderes políticos extranjeros asistió al final de 52 años de una guerra que parecía eterna. El gobierno y la guerrilla colombiana mostraron para qué sirve la política y cuánto puede significar en la vida de un país. El presidente Santos lo simplificó con claridad: sólo por las vidas que no se perderán vale la pena. Pero también vivirán mucho mejor porque podrán canalizar parte del presupuesto de la guerra para fines más productivos.

Contemplar la emoción de un pueblo por la paz y homenajear a los 250.000 muertos que dejó el enfrentamiento generan muchas preguntas a quien no ha estado al tanto de las andanzas de Tirofijo o a la industria del secuestro. Un adolescente de Buenos Aires, un profesional recién recibido en La Plata o una estudiante de kinesiología de La Pampa podrían empezar a preguntarse: ¿Cómo hicieron los guerrilleros para mantenerse en la selva durante medio siglo? ¿Cómo fueron los entretelones del pacto? ¿Por qué los Castro y Cuba fueron parte del acuerdo? ¿Quiénes fueron los protagonistas de los primeros encuentros entre gobierno y guerrilla? ¿Cómo será el desempeño democrático de la organización armada en la nueva Colombia? Y así hasta el infinito.

Estas y otras preguntas deberían ser respondidas en parte por el periodismo. Pero empezamos mal. El 26 de setiembre, día histórico para todo el continente por la firma del acuerdo, pasó ninguneado por la televisión argentina: la pública y la privada. Transmitieron en forma parcial y sin la suficiente relevancia el acontecimiento que será un antes y después para una región que excede al país caribeño.

Era una excelente oportunidad para marcar un punto de no retorno a la boludez (entiéndase: frivolidad permanente) de los tan buscados millennials. ¿Da unos puntos más de rating la boda punachic que un acuerdo de paz? ¿Es preferible seguir con la programación local ante un hecho lejano para la mayoría de los argentinos? Aunque se responda sí a todo, la responsabilidad de los medios de comunicación va más allá de la planilla de audiencia.

En una reunión privada al filo del 2000, García Márquez le comentó a unos periodistas argentinos su admiración por la Argentina: “¿Saben qué me llamó siempre la atención de los argentinos? Que estando tan lejos estaban al tanto de todo. Todos los latinoamericanos aprendimos con los libros que se editaban en la Argentina”. Era, ya entonces, una visión idílica sobre una marca registrada que estaba desvanecida. El premio Nobel colombiano jamás hubiese imaginado que gran parte del periodismo argentino iba a digerir con pasión burocrática el espectáculo político y humanitario del lunes. Una magnífica oportunidad perdida para poner un punto de no retorno a la boludez permanente.

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